LA VIDA
La vida es lo que más vale de cuanto hay en este mundo. Pero venimos a ella sin que nadie nos haya pedido autorización para arrojarnos a la existencia ni sea posible sustraernos después a la muerte corporal. En esto ni la naturaleza ni nuestros propios congéneres humanos nos perdonan el pecado que jamás hemos cometido de haber nacido. El sumario del presente Blog es el siguiente: 1) Cosas de la vida. 2) La vida en el Botánico. 3) La vida en el Zoológico. 4) La vida en sociedad. 5) Analogía de la vida. 6) El gozo de la vida y la tristeza de la muerte. 7) El cansancio vital.
1. COSAS DE LA VIDA
Dos viejos amigos se encuentran después de mucho tiempo sin tener noticias el uno del otro y uno de ellos exclama: ¿cómo te va la vida? La pregunta es demasiado genérica y emotiva. De hecho no es más que una forma de romper el hielo. Pero en el fondo tiene un significado profundo ya que expresa una preocupación clara por la forma de vivir del amigo. ¿Se encuentra feliz o triste, con problemas importantes sin resolver, en buena situación económica o en paro laboral? Durante el curso de la conversación todas estas cuestiones vitales se irán aclarando, pero, de entrada, el término vida marca la pauta del feliz encuentro. Lo más probable es que el tema de su conversación gire en primer lugar en torno a cuestiones relacionadas con la marcha de sus respectivas vidas y las de sus familiares y amigos. Son las cosas de la vida que no necesitan ser definidas para ser entendidas. Otras veces asistimos a la celebración de un cumpleaños y la frase tradicional castiza durante el brindis puede ser esta: ¡que cumplas muchos con salud! A lo que el homenajeado puede responder: ¡y en vida de todos! Está claro que el término salud está aquí en lugar de la vida. Lo que se celebra es la vida del homenajeado y lo que se desea es que tanto su vida como la de sus familiares y amigos resulte lo más larga y feliz posible.
Se ha producido un terrible accidente de tráfico del cual una persona sale ilesa. Esta relata lo acaecido y concluye emocionada: ¡he vuelto a nacer! Esta expresión es literalmente falsa y puede dar lugar a ilusiones perniciosas. Pero su verdadero significado es que la vida de esta persona estuvo a punto de ser destruida y tal desgracia no tuvo lugar. O lo que es igual, vivir y ser son términos convertibles. Las personas somos mientras vivimos y dejamos de ser cuando morimos. La vida se convierte así en el término de referencia fundamental de nuestra existencia terrenal. Pero la vida tiene muchas caras y hay que aprender a reconocerlas sin cometer equivocaciones. Yo mismo he oído decir con frialdad escalofriante que la vida es un engaño. Otros han dicho que la vida es un sueño o una llama débil que apaga el viento. Pero hemos de ser realistas y no dejarnos llevar por los estados de ánimo pensando que la vida es un engaño cuando es lo único que no engaña a nadie sino que nos pone a cada cual en el lugar que nos corresponde. Somos nosotros los que nos engañamos con nuestras percepciones falsas o equivocadas de la realidad tratando de programar a la vida olvidando que la vida es el programa.
Tampoco es un sueño equivalente a algo por lo que no valga la pena luchar. De la vida se puede decir que es lo único que realmente vale la pena amar y conservar. Por algo se dice también que mientras hay vida hay esperanza, o que lo importante es que haya salud. Las cosas de la vida son todo eso que acaece dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno social y humano. Las cosas de la vida son la salud, la enfermedad, las alegrías y las penas, las situaciones de paro laboral o las calamidades derivadas del desamor y la incomprensión entre las personas y los pueblos. Todas esas cosas felices o tristes que acaecen dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno humano, insisto, son las cosas de la vida, la cual se convierte en el sujeto de inhesión y referencia humana existencial. Ningún valor puede sustituir a la vida en esa función troncal de los valores.
Si planteamos la cuestión en el contexto de los derechos humanos llegamos sin dificultad a la misma conclusión. La defensa razonable de cualquier derecho humano como, por ejemplo, la libertad, la salud, el salario justo o el acceso a los servicios médicos, carece de sentido sin el reconocimiento previo de todas y cada una de las personas a su vida concreta de carne y huesos, desde su orto existencial hasta su ocaso natural. En consecuencia, el verdadero humanismo y los verdaderos sentimientos de humanidad pasan por el respeto incondicional a la vida humana, sobre todo en sus momentos más débiles y menesterosos. La vida es el valor trocal de los individuos y de la sociedad. Es el primero de todos los bienes y la piedra angular de la felicidad y de todos los derechos humanos en este mundo. Esta es la conclusión inmediata a la que se llega con la experiencia de la vida, el uso correcto de la razón y del sentido común. Paradójicamente, sin embrago, en la cultura dominante contemporánea se ha producido una perversión de los valores fundamentales reconociendo más importancia a la libertad que a la vida misma. La primacía y troncalidad que corresponde por su propia naturaleza a la vida ha sido usurpada por la libertad. Pero sigamos adelante dándonos un paseo por la vida que encontramos en los jardines botánicos, en los parques zoológicos y en las instituciones sociales como los hospitales. En todos esos lugares hay vida pero no de la misma categoría. El asunto es muy serio porque la confusión de las diversas especies o clases de vida puede conducirnos a situaciones humanas dramáticas.
2. LA VIDA EN EL BOTÁNICO
Los jardines botánicos son instituciones creadas como museos de belleza vegetal destinadas principalmente al estudio, la conservación y divulgación de la diversidad de las plantas. En esos jardines o museos de belleza vegetal se exhiben colecciones científicas de plantas vivas, que se cultivan para asegurar su conservación e investigar sobre la naturaleza de su vida y belleza. Por lo general los turistas e investigadores pueden encontrar allí plantas originarias de todo el mundo. Por ello suelen resultar muy interesantes los recintos reservados a plantas exóticas que requieren cuidados especiales para su conservación. Son los llamados invernaderos. Por ejemplo, los invernaderos cálidos para plantas tropicales en los que existen dispositivos de equipamiento que corrigen los factores climáticos locales recreando el clima apropiado para determinadas plantas. Hay jardines botánicos abiertos a toda clase de plantas y otros especializados en algunas de ellas. Los jardines botánicos son lugares dignos de ser visitados por la belleza que en ellos se exhibe y el interés científico que suscitan.
Pero lo que más llama la atención de los científicos y turistas que visitan esos lugares es la forma de vida que allí existe y su manera de generarse, desarrollarse y morir. Allí hay una forma de vida peculiar que es la vegetativa. Metafóricamente hablando podemos decir que las plantas lloran o se quejan cuando son maltratadas. Los poetas tienen en ellas el terreno abonado para descargar sus sentimientos en metáforas literariamente bellas y los científicos pueden encontrar sus delicias en el análisis de los movimientos de generación, desarrollo y muerte de las plantas. En todos estos procesos las plantas se mueven desde sí mismas y a ese movimiento es a lo que llamamos su vida. Las plantas llevan dentro de sí el principio genético que las pone en movimiento por el que las consideramos como seres vivos. Su vida es su movimiento. Por lo mismo, la diversidad de plantas viene dada por la diversidad de movimientos vegetativos que apreciamos en ellas. Un bloque de granito es removido o empujado desde fuera de sí mismo mientras que una planta se mueve desde sí misma y podemos clasificar sus movimientos vitales. Las piedras propiamente hablando no se mueven mientras que las plantas sí se mueven desde sí mismas y por ello las hemos de tratar como seres vivos, cosa que no puede decirse de una mole de granito. El movimiento intrínseco de las plantas constituye así el primero y más elemental grado de vida en la tierra. En los jardines botánicos hay vida porque hay movimiento que es impulsado por un motor interno. Las plantas no lloran ni se quejan de los males que les son infligidos, como a veces decimos poéticamente, pero son seres vivos. El sauce llorón no llora pero tiene vida y la expresa a su modo. En el otro extremo de esta vida verdadera, aunque elemental, los teólogos hablan del grado supremo de vida que tiene lugar en la vida de Dios y su reflejo en la vida intelectual y mística de los hombres. Pero no voy a entrar en esta cuestión, que nos llevaría muy lejos, sino que invito al lector a darnos un paseo por el parque zoológico. Y ¿qué observamos en un parque zoológico? A poco que prestemos atención, nos percataremos pronto de que entre la vida de las plantas y la de los animales hay algo en común pero también notables diferencias.
3. LA VIDA EN EL ZOOLÓGICO
Cuenta el humorista que unos padres llevaron a sus hijos pequeños a visitar el Zoológico. Durante el recorrido celebraron diversas escenas protagonizadas por los animales con gran regocijo para los niños. Pero al acercarse a la zona de los simios, uno de ellos se quedó mirando a un mono y exclamó espontáneamente: ¡mira, papá, cómo se parece a ti ese monito¡ Humor aparte, me parece interesante analizar cómo percibimos gradualmente las diversas formas de vida y sus manifestaciones. Que las plantas son seres vivos no es algo que se percibe sin un mínimo de observación seguida de algún tipo de reflexión elemental. Nos percatamos, por ejemplo, que ha crecido la hierba del campo y que los árboles crecen en los bosques y en los jardines. Pero a simple vista no percibimos su crecimiento. Llega la primavera, y de la noche a la mañana nos sorprenden los almendros floridos como precursores arriesgados de todas las flores, hojas y frutos de la flora ambiental. Nos encontramos con un hecho de vida maravilloso cuya génesis y desarrollo nos ha pasado desapercibido. Sólo los científicos disponen de medios tecnológicos para seguir de cerca esos movimientos de la vida vegetal. Vemos las flores del campo nacidas y crecidas, pero no las vemos crecer a simple vista. Vemos las praderas gélidas y muertas durante el invierno y en verano segamos la hierba que ha nacido y crecido durante la primavera. Durante el invierno los árboles frutales parecen estar muertos y en otoño nos sorprenden y obsequian con sus generosos frutos. Estos maravillosos fenómenos de la naturaleza son vitales pero necesitamos de tiempo y reflexión para descubrir en ellos una forma elemental y maravillosa de vida. Es la que denominamos vida vegetativa. Pero entremos ahora en el parque zoológico y veamos cómo se nos revelan allí los movimientos vitales de los animales.
Lo primero que sorprende observando la vida de los animales es la similitud biológica y expresiva de sus movimientos vitales y los de los seres humanos. Entre el hombre y los animales hay una cercanía somática y expresiva notable que no se aprecia en la vida de las plantas. Los estudios más avanzados sobre el genoma humano demuestran que la cercanía genética entre algunos animales y el hombre es sorprendentemente notable. Pero igualmente resulta sorprendente la enorme distancia existente entre la calidad de la vida animal y la humana. Los animales nacen, viven y mueren de forma muy parecida a como lo hacemos los humanos y esos movimientos vitales pueden ser seguidos de cerca sin necesidad de recurrir a técnicas científicas. La similitud de la vida animal con la humana es tal que se habla incluso de derechos humanos de los animales y hay personas que se sienten más cerca afectivamente de los animales que de las personas. Pero esto es un error grave de percepción y en muchos casos la consecuencia lógica de estados emocionales traumáticos causados por el desamor o las injusticias sociales. Lo que tenemos de común los humanos con la vida de las plantas y la de los animales es genéticamente mucho pero las diferencias son sustanciales y no sólo graduales. Esta afirmación requiere algunas matizaciones que haré como conclusión de este capítulo. Pero conviene recordar antes algunos datos objetivos y realistas sobre las manifestaciones de la vida humana en sociedad.
4. LA VIDA EN SOCIEDAD
El hombre, decía el filósofo griego Aristóteles (384-322 antes de Cristo) es un animal social. Esto es verdad pero no toda la verdad. El hombre no sería social sin su condición ontológica racional. Lo que ocurre es que la racionalidad lleva aneja la posibilidad de ejercer la libertad y con ella la posibilidad también de comportarnos en sociedad como seres irracionales. Este es el drama de la condición humana. Todos nacemos llamados a comportarnos de forma razonable y responsablemente libres pero muchos prefieren llevar una vida personal y social irracional e irresponsable. El fanatismo político, religioso y científico son las formas de conducta social que más nos acercan a lo irracional e inhumano. De ahí la lección que muchas veces podemos aprender los seres humanos de la vida de las plantas y de los animales. La vida de las flores, por ejemplo, produce una sensación de felicidad específica. Basta contemplar el espectáculo vivo de la primavera o la caída de las hojas en otoño para que nuestros sentidos se sientan halagados por la belleza de la naturaleza y la inteligencia irrumpa en reflexiones sobre esos movimientos vitales de nacimiento, desarrollo y ocaso natural. Pero en un campo habitado por animales sus movimientos vitales son aún más sorprendentes por el hecho de que los percibimos a simple vista y nos resultan muy similares a los movimientos vitales de los seres humanos. Ante los animales sentimos placer y alegría, como ante las plantas, pero también miedo y estupor por la naturaleza de sus movimientos y la similitud de su conducta con la nuestra.
En efecto, hay animales mansos, pacíficos e inofensivos pero también agresivos, peligrosos y extremadamente violentos. Es obvio y científicamente cierto que el nivel de los movimientos vitales de los animales es notablemente superior al de las plantas y más cercano al de los hombres. Pero aquí está el nudo gordiano de la cuestión. ¿Son ellos, los animales, los que se parecen a nosotros, o somos nosotros los que nos parecemos a ellos? Si analizamos los comportamientos sociales de muchas personas cabría pensar que algunas de ellas se comportan más como animales que como hombres. Y viceversa, observando la conducta de algunos animales en determinadas circunstancias tenemos la impresión de que se comportan incluso mejor y más ejemplarmente que muchas personas. Pero estas percepciones superficiales nos pueden llevar al error grave de confundir la naturaleza del reino animal con la naturaleza humana, lo cual tiene aplicaciones prácticas hoy día lamentables en el campo de los derechos humanos, de las relaciones personales y de la bioética. Para evitar este error antropológico pienso que pueden resultar útiles la reflexiones siguientes sobre la analogía de la vida.
5. ANALOGÍA DE LA VIDA
Para entender la analogía de la vida conviene tener en cuenta algunas aclaraciones previas. El término analogía evoca la proporción o semejanza existente entre cosas diversas. Fenotípicamente, por ejemplo, hay monos y personas que se parecen mucho y, sin embargo, sería una falta de respeto grande tratar a esas personas como simios considerándolas como objeto de mofa y divertimiento. En términos filosóficos el término analogía se usa para referirnos a la relación de semejanza que tienen unas cosas con otras sin confundirlas. La analogía es el término medio alternativo a la univocación y a la equivocación. Se llama unívoco a un término o palabra que se aplica a objetos diversos con idéntica significación. Hablamos en sentido unívoco siempre que usamos palabras con una sola significación aplicándolas a cualquier asunto o realidad. Por ejemplo, la gente poco reflexiva confunde fácilmente el poder físico con el poder moral. Esta propensión se aprecia fácilmente en los niños cuando los adultos les decimos que no se puede hacer tal o cual cosa. Los niños y las personas psicológicamente simplistas encuentran especial dificultad en distinguir entre lo que físicamente es factible y ética o moralmente inaceptable o desaconsejable. Al univocar el término poder piensan que todo lo que es física o mecánicamente factible y ejecutado es, por lo mismo, éticamente bueno o agible. Esta mentalidad es la que está de fondo en la denominada ética de los hechos consumados. Todo lo hecho, por el mero hecho de haber sido materialmente realizado o provocado es considerado ética y moralmente aceptable y eventualmente recomendable. Se produce así una confusión lamentable del ser con el deber ser. El razonamiento infantil y simplista derivado de esta confusión es que ciertas formas antisociales e inhumanas de conducta, por el mero hecho de ser una realidad social, han de ser reguladas legalmente, pero jamás rechazadas por ser malas. Un ejemplo del más bajo nivel humano en este sentido lo tenemos en las leyes que regulan las prácticas abortivas y otras, bien conocidas por los expertos, que permiten la destrucción de vidas humanas en el contexto de la bioética. En el otro extremo está el uso de términos equívocos. El término equívoco es una palabra o nombre aplicado a cosas distintas con significado también distinto en cada una de ellas. El único lazo común entre las cosas denominadas es el nombre. Todo lo demás, objeto y significación es diferente. Hechas estas aclaraciones previas me parece oportuno añadir las reflexiones siguientes.
El valor más precioso de la naturaleza es la vida de cada persona humana. Basta un pequeño esfuerzo de reflexión para percatarnos de que toda actividad humana tiene sentido en tanto en cuanto es de algún modo expresión de la vida. Pero el término vida sin más, como todos los que expresan algo grande, es un concepto indefinible de suerte que sólo podemos entender su significado de forma descriptiva. Lo cual significa que no nos queda otro recurso que observar reflexivamente sus diversas manifestaciones. El término vida es un concepto abstracto inducido del acto de vivir que se aplica a las diversas especies de vida las cuales en algo convienen y en mucho difieren. Por lo cual sólo se puede hablar de la vida con corrección y provecho en sentido analógico. Así, por ejemplo, hablamos de vida vegetal, animal, humana y divina; de una buena o mala vida; de vida intelectual, científica, cultural, filosófica, mística, afectiva, política, artística, moral, espiritual, biológica, sedentaria, errante, agitada, pacífica y así sucesivamente. Pero en todas estas formas o manifestaciones de la vida hay algo en común y diferente por lo que la pregunta siguiente es obligada. ¿Qué hay de común entre todos los seres considerados vivos y en qué se diferencian entre sí?
La característica que diferencia radicalmente a todo ser vivo del no vivo es la automoción o movimiento intrínseco. Quiero decir la capacidad del viviente para moverse desde dentro de sí mismo. La automoción humana, por ejemplo, implica la capacidad de dirigirnos a nosotros mismos o auto-dirigirnos mediante el ejercicio de la vida intelectual y amorosa hacia la meta de nuestra perfección específica como humanos. La vida humana no es un derivado más complejo de la automoción vegetal o animal. Es algo esencialmente diferente de los actos y movimientos del conocimiento sensitivo y de los instintos meramente zoológicos. Un buen ejemplo de ello puede ser la activad laboral realizada por un hombre y un animal cualquiera, aunque sea una admirable y laboriosa abeja.
Por otra parte, todos los seres vivientes poseen un instinto natural de conservación de su vida y ponen en marcha espontáneamente los mecanismos propios de defensa. El instinto de conservación lo lleva a adaptarse a las condiciones más favorables del medio ambiente y todos crecen orgánicamente con crecimiento vital desde dentro de sí mismos. Es un aumento configurativo de partes orgánicas hasta conseguir la forma y figura propias de la especie vital a que pertenecen. Además, sólo los seres vivientes transmiten su especie por el proceso reproductivo en base a un principio interno seminal producido por la propia sustancia. Por ello, cuando decimos, por ejemplo, que una máquina se alimenta, o reproduce robóticamente la vida, estamos hablando en sentido metafórico y literario pero no científico y real. Lo mismo cabe decir cuando se hacen comentarios sobre el “cerebro de los ordenadores” como si fueran inteligentes. Es obvio que este lenguaje es metafórico y no refleja la realidad de lo que literalmente significa. Las computadoras y los robots son fruto e imitación mecánica de la inteligencia humana, que es la que posee vida, y no las máquinas, que son instrumentos no vivos producidos, movidos y utilizados por el hombre. El ser viviente se caracteriza también por poseer un cuerpo orgánico u organismo. Esto significa que, para realizar su vida, dispone de unos órganos específicos con funciones subordinadas al todo vital. Al obrar vital le corresponde, en efecto, un principio de vida comúnmente llamado alma, el cual se define técnicamente como el principio vital de la sustancia vida, animador o vivificador del cuerpo (I, q.75 a.1). En este sentido se dice que existen tres principios o almas: vegetativa, sensitiva y humana.
Los fenómenos globales de la vida no se explican en función de la actividad propia de las partes del organismo ni de los factores físico-químicos que en dichas partes están asumidos. Estos factores tienen su propia causalidad, a veces opuesta entre ellos mismos. Por eso, para que la vida íntegra del viviente se sostenga, es preciso que exista un principio vital del todo viviente. En el caso del hombre, el alma humana. Por esta razón, fuera del organismo vital, el resto de los elementos integrantes recobran su autonomía sustancial volviéndose a producir sus efectos propios no vitales. Un ejemplo patente de esto que termino de decir lo tenemos en el cadáver humano. Desaparecido su principio vital o alma, ningún movimiento en dicho cadáver es ya humano rigurosamente hablando. Todo lo que allí crece o se transforma pertenece ya al orden o nivel de los principios vegetativos. Por el contrario, mientras está presente el alma o principio vital, lo químico y vegetativo es asumido por lo racional participando de su dignidad humana. El sujeto de honor, de derechos y de injusticias es el todo personal humano. Así, por ejemplo, la herida en el brazo no es injusticia contra el cuerpo sino contra la persona de la que es miembro integral. El cadáver, en cambio, ya no es sujeto de derechos y obligaciones sino puro objeto de propiedad. En cualquier caso, todos los seres vivientes (plantas, animales y personas humanas) tenemos algo en común que es la capacidad de movimiento intrínseco y su proceso de génesis, desarrollo y muerte. Pero las diferencias entre estas formas de vida son muchas e importantes. Son diferencias específicamente sustanciales y no solo de grado. La vida vegetativa, por ejemplo, no da un salto cualitativo para convertirse en vida animal sino que se genera, desarrolla y muere dentro de su propio ámbito vegetativo. Igualmente, aunque el mono se vista de seda, mono se queda. Por más que genética y fenotípicamente se parezca al hombre, sigue siendo animal y no hombre. Y el hombre, aunque se vista el mono para trabajar, no cambia su naturaleza humana.
Por otra parte, es muy importante destacar el hecho de que en la vida de los hombres las dimensiones vegetativas y animales no se excluyen sino que son asumidas y formalmente incorporadas a la personalidad. Pero lo que somos sustancialmente como humanos, nuestro principio vital, no es el punto culminante de un proceso evolutivo de lo vegetal y animal que hay en nosotros sino la forma sustancial propia y específica por la que somos hombres, personas humanas y no plantas o animales. Todos los seres vivos se mueven desde sí mismos, y en esto son iguales, pero cada uno tiene su principio vital de movimiento diferente. Como si dijéramos: todos los vehículos que circulan por la carretera son iguales en cuanto que están en movimiento, pero cada uno de ellos ha sido fabricado por una firma comercial diferente y funciona mejor o peor con su propio motor. Pues bien, la marca de fábrica de los seres humanos y su motor o principio vital son sustancialmente distintos de la marca o especie vegetal y animal, por más que compartan elementos comunes iguales o muy parecidos.
Las reflexiones que termino de hacer son particularmente relevantes aplicadas al campo de la bioética y de los derechos humanos. Más en concreto cabe hacer las matizaciones siguientes. La concepción unívoca de la vida, como si entre la vida vegetativa, animal y humana no hubiera diferencia sustancial ninguna lleva derechamente al trato de la vida humana como se trata a las plantas y animales en botánica y veterinaria. Lo cual conduce inevitablemente a la procreación natural o artificial de seres humanos condenados a muerte en algún momento de su existencia. O lo que es igual, el concepto unívoco de la vida degenera en biotanasia, que, como he explicado en diversas ocasiones, es el reverso negativo de la bioética y se refiere a todas las formas de destruir vidas humanas alegando pretextos científicos, terapéuticos, humanitarios y legales. Por otra parte, la concepción equívoca de la vida nos lleva a tratar las diversas formas de vida como si entre ellas no hubiera nada en común, lo cual es tan falso como pensar que todas son iguales. Esta forma equívoca de entender la vida conduce al trato irresponsable del medio ambiente, al sadismo en el trato de los animales y la violación de los derechos humanos fundamentales. El asunto de la analogía de la vida es muy grave por lo que quiero insistir sobre ello.
Todos los seres vivos convienen en algo, como es el movimiento y la organicidad, pero difieren en mucho. De ahí la necesidad de excluir el univocismo y el equivocismo optando por la analogía. Univocan el sentido de la vida quienes, por ejemplo, abogan y luchan por los derechos ecológicos y zoológicos. La mística univocista de la vida es el trasfondo mental de muchos filántropos, protectores sentimentales de los animales y románticos en la naturaleza. Lo mismo cabe decir de las corrientes filosóficas mecanicistas que no admiten más que una diferencia de grado entre el hombre y los demás seres de la naturaleza. Con la misma mentalidad univocista hay personas que serían capaces de destripar a un pobre por la más mínima injuria recibida de él, o de abortar a una criatura humana alegando razones de humanidad, al tiempo que se desviven por una manada de animales domésticos o la desaparición de una planta venenosa. Entre la vida del hombre y de los animales no solo no se admite ya en algunos sectores socialmente poderosos la primacía de la vida humana, sino que incluso se la estima menos que la vida animal.
Otros, en cambio, aunque en menor escala, consideran como vida hasta los procesos químicos y mecánicos de los seres inanimados. Los panteístas de inspiración sensista y materialista consideran el todo cósmico como un inmenso ser vivientes aplicando el término vida a cada uno de los elementos o partículas que cuantitativamente lo constituyen. En tal sentido hasta las piedras son seres vivos. Son estas sinrazones que se evitan fácilmente aplicando el método analógico a la vida para aprender a discernir entre lo que es vivo literaria y metafóricamente, y lo que es realmente vida humana, con todo lo que ésta tiene en común con las especies inferiores de vida, y de propio y misterioso en su dignidad o excelencia entitativa. Ni al afirmar lo que tiene en común debemos negar lo que tiene de propio, ni por insistir en la dignidad de lo propio y específico podemos menguar nuestra realidad humana despreciando lo que genéricamente compartimos con las especies de vida inferiores. Toda visión unilateral de la vida humana nos puede convertir en meros mecánicos o chatarreros del cuerpo humano, como ocurre a muchos científicos y profesionales de la medicina en el ámbito de la bioética. O también en combativos y fanáticos miembros de la sociedad protectora de animales y del ecologismo irresponsable. Estos errores tan graves se podían atenuar mucho aprendiendo a conocer la realidad de la vida aplicando el método analógico, que es el único en el que se tienen en cuenta todos los aspectos de la realidad de la vida humana.
6. EL GOZO DE LA VIDA Y LA TRISTEZA DE LA MUERTE
La aparición de la vida produce alegría y felicidad. La irrupción de la muerte, por el contrario, ensombrece la alegría de vivir. Paseando por un parque floral en primavera no es raro el espectáculo de niños asombrados ante la floración de una margarita, por ejemplo, o ante cualquiera otra explosión de vida vegetal. Luego entramos en el zoológico y los niños gritan de alegría y estupefacción contemplando los movimientos y gestos vitales de los diversos animales. Pero hay una explosión de alegría frente a la vida que merece una atención particular. Me refiero al grito espontáneo de felicidad cuando una mujer toma conciencia de que ha concebido un hijo en sus entrañas, cuando siente dentro de sí los movimientos de la nueva vida y, por fin, lo da a luz.
Hasta las personas humanamente más degeneradas por su mala conducta se enternecen ante un niño recién nacido. Sin ningún lugar a dudas, el primer impacto de la vida recién nacida en la gente sana e inocente es de alegría y felicidad. Hasta tal punto que puede hacer desaparecer psicológicamente del recuerdo los dolores sufridos durante los partos difíciles. La muerte, por el contrario, que no es otra cosa que el término del desgaste natural de la vida, produce indefectiblemente en las personas normales una sensación de impotencia, fracaso e infelicidad inevitable. La vida es alegría, felicidad y esperanza. La muerte, el reverso de la vida, produce en nosotros una tristeza profunda y la sensación de impotencia y fracaso. Este impacto frustrante de la muerte tiene lugar de forma dramática en quienes se han olvidado durante la vida de buscar el sentido de la muerte de modo que ésta los pilla desprevenidos, o cuando es ya demasiado tarde para activar los mecanismos normales de la reflexión para aprender a dejar la vida terrena con dignidad. Existe la lucha por la vida porque ésta es el valor troncal sobre el que se asientan todos los valores humanos. Todo lo que hacemos tiene sentido en la medida en que contribuye a crear vida y conservarla. En esta misma medida nuestra conducta humana es buena y conduce a la felicidad. La experiencia demuestra que la vida compensa y paga, antes o después, lo que hacemos por ella al tiempo que pasa inexorablemente factura por el daño que la hayamos infligido. En el mundo actual no es difícil encontrar dos clases de personas e instituciones: la de aquellas que crean y aman la vida y la de aquellas otras que tienen particular interés en despreciarla y destruirla. Paralelamente han surgido dos ciencias: la bioética, que representa a la cultura de la vida, y la biotanasia, que representa a la cultura de la muerte. Ambos aspectos los he estudiado en mis obras Bioética y Biotanasia (Madrid 2010), y La Biotanasia (Burgos 2011). Los momentos cruciales de la vida humana son su origen inmediato en la configuración del cigoto y constitución del código genético, el desarrollo de la nueva vida surgida y su muerte. Lo paradójico e incomprensible es el modo de generar y tratar a la vida humana emergente. Mientras unos la cultivan y aman de forma natural hasta que ella misma se consume como consecuencia de su propio desgaste vital, otros la producen artificialmente y la maltratan hasta destruirla salvajemente en los momentos más precarios de su existencia, o mediante las guerras, alegando motivos científicos, sociales y paradójicamente terapéuticos. Otros, en cambio, después de haber amado hasta el extremo su vida propia y la de los demás, se despojan amorosamente de ella con la esperanza puesta en la resurrección de Cristo vencedor de la muerte. En cualquier caso la vida es dura para todos y el hecho mismo de vivir conlleva un cansancio vital que nos pone en situaciones límite. Vale la pena reflexionar sobre las características de este cansancio anejo a la vida.
7. EL CANSANCIO VITAL
Es normal que después de un día intenso de trabajo o al final de una jornada cargada de tensiones nos sintamos cansados, fatigados o agotados. Existe también el cansancio sin causas aparentes. Cuando tal ocurre es aconsejable la consulta médica ya que puede ser una de las primeras manifestaciones de alguna enfermedad latente. A veces la causa del cansancio es psíquica y el aburrimiento produce una falta general de interés y la sensación de cansancio continuo. Igualmente, la ansiedad agota a la persona que la padece de manera prolongada y cuando va acompañada de insomnio provoca una sensación de gran debilidad.
El cansancio (astenia, agotamiento, letargo) es una sensación subjetiva de falta de energía física, psíquica o de ambas al mismo tiempo. Que esta sensación se produzca después de cualquier esfuerzo físico o mental es normal y no pasa nada. Se descansa y asunto terminado. Con el descanso se recuperan las energías y la vida continúa. Pero cuando el cansancio llega hasta el agotamiento de todas las energías actualmente disponibles se convierte en uno de los peores consejeros porque nos hace perder el gusto por la vida. Cuando estamos cansados, física o psíquicamente, y no nos recuperarnos satisfactoriamente con el descanso, corremos el riesgo de perder el gusto incluso por aquellas cosas y actividades que antes realizábamos con placer. En la vida normal, el trabajo sin descanso es irracional e inhumano cuando es impuesto desde fuera por alguna instancia represiva, y síntoma de alguna disfunción educativa o psíquica cuando alguien se lo impone a sí mismo sin necesidad.
Sin embargo, no es de este cansancio natural o impuesto por los hombres del que quiero hablar ahora. Tampoco del cansancio patológico. Ahora me interesa hablar, aunque sea brevemente, del “cansancio vital” asociado al desgaste natural de la vida y que se aprecia sobre todo en la ancianidad. La sensación de cansancio es connatural a la senectud y la razón es obvia. Una vez entrados en la pendiente de la vejez se produce un descenso progresivo y sin marcha atrás de nuestra capacidad y resistencia física. Durante la juventud se tiene la sensación de que incluso las energías vitales perdidas durante una enfermedad se recuperan después. Pero con el curso de los años se empieza a tener la impresión contraria. Después de una gripe, una intervención quirúrgica o de cualquier contratiempo con la salud física, hay energías que se pierden irreparablemente y las que se recuperan nunca es al ciento por ciento. Incluso los que llegan a edades muy avanzadas disfrutando de buena salud acusan ese desgaste vital. De ahí que tal desgaste sea un fenómeno natural que la razón ha de asumir como normal. Esto significa la aceptación de nuestra condición humana destinada en este mundo a la finitud y el ocaso.
Hasta tiempos relativamente recientes en los países desarrollados, y aún hoy en los no desarrollados, la gente moría pronto. Cuando hablaban de la experiencia de las personas mayores y respeto a los ancianos, se referían a personas de 50 años de edad, que era superada por muy pocos y no por muchos años más. Esto significa que morían o mueren sin haber experimentado el desgaste vital progresivo sin marcha atrás que supone hoy día llegar a los 90 y 100 años de edad. Es algo así como empezar a caer por un precipicio lentamente, e incluso sin penas ni dolores, pero con la certeza de que no hay retorno. La denominada “tercera edad” es una conquista del progreso. Pero falta mucho para reparar los estragos del cansancio vital que suponen esos años más de supervivencia ganados respecto de nuestros antepasados. Hay ancianos que, sin renegar de la vida y sintiéndose incluso agradecidos a ella, se sienten cansados de vivir. Su cuerpo, como un viejo palacio en ruinas, amenaza con desplomarse en cualquier momento, y en su espíritu no hay ya más proyectos e ilusiones que la conquista del sueño de la paz.
CONCLUSIÓN
La cuesta de la vida es escarpada y fatigosa incluso para los más fuertes y al final todos terminamos cansados si no extenuados. Dada nuestra débil condición humana, no es extraño que con el paso de los años nos cansemos de vivir, de buscar la verdad, de ser libres y hasta de amar. De ahí la importancia de usar a tiempo la razón para hacer las provisiones necesarias de verdad, libertad y amor que necesitamos para afrontar con dignidad y esperanza el invierno de la vejez y la muerte. Pero sin forzar la naturaleza. Ella es la que nos va diciendo lo que podemos o no podemos hacer en cada momento de la vida y nos enseña a despojarnos de la túnica de la mortalidad para revestirnos de la inmortal sin violencia ni traumas. De ahí la necesidad también de activar la memoria de nuestros recuerdos felices en lugar de reactivar la memoria histórica de las miserias y calamidades humanas de nuestros antepasados. Hay que aprender a dejar esta vida mortal con sentimientos de alegría y gratitud mediante la conquista de la paz personal y la esperanza. Se dirá que esto es más fácil decirlo que experimentarlo. Así es sin duda, pero no es menos cierto que en la cultura cristiana el logro de la paz personal y de la esperanza en un futuro feliz fuera del espacio y del tiempo está garantizado. La cuestión es cómo descubrir personalmente el mensaje esencial de los hechos y dichos de Cristo dejando a un lado el polvo histórico de las instituciones sociales que impide percibir con facilidad y objetividad el verdadero mensaje humano y redentor de Cristo como rostro visible de Dios y vencedor de la muerte.
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